«Tomo, el librero» es el libro que completa, con «El libro secreto de Copérnico» y «Giordano Bruno, el loco de las estrellas», la llamada Trilogía Copernicana. En ella se ha tratado de dar una visión humanizada y humanista de aquella maravillosa rebelión de los astrónomos, que abrió al ser humano las puertas de la Ciencia. El autor se ha centrado para ello en los retratos más fidedignos posibles de una serie de héroes intelectuales, a veces mártires, que lo dieron todo por la verdad rigurosa y la libertad de pensamiento. Sin embargo, esta vez, el protagonista principal no es una figura histórica sino un personaje de ficción. Tomo, el librero, es un símbolo. Y es que parece cabal reconocer que esta revolución de la ciencia, como la Reforma de Lutero y Calvino, como la literatura maravillosa de esa época, de Cervantes a Shakespeare, no hubieran existido de no ser por esos modestos artesanos y comerciantes que imprimían libros y los llevaban a través de las fronteras de un sitio para otro. El libro impreso fue el artífice de los nuevos tiempos. Sin ese entrañable e ingenioso artilugio de papel y sin la prensa que lo fabricaba, todos esos sabios que hemos retratado aquí nada hubieran hecho; pues nada surge de la nada y todo sabio tiene sus predecesores, como cada idea tiene sus fuentes. Por ello, esta obra además de un recorrido histórico es un justo homenaje a Gutemberg, y en su nombre a todos los libreros y los editores de ayer y de hoy.
Diosa, reina, señora, madre, benefactora, árbitro de la moda y modelo nacional de comportamiento. Santa Evita para unos y para otros una analfabeta resentida, trepadora, loca y ordinaria, presidenta de una dictadura de mendigos. El protagonista de esta novela es el cuerpo de Eva Duarte de Perón, una belleza en vida y una hermosura etérea de 1,25 m después del trabajo del embalsamador español Pedro Ara. Un cuerpo del que se hicieron varias copias y que, en su enloquecedor viaje por el mundo durante veintiséis años, trastorna a cuantos se le acercan y se confunde con un pueblo a la deriva que no ha perdido la esperanza de su regreso.